La máquina del
tiempo
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Martín Soria Odontólogo M.P.6011
Todo el material de esta sección pertenece al Ing. Luis Costanzo.

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historias ...
El siguiente relato transcurre aproximadamente en el año 1946 y está dedicado a Doña Victoria Ferreyra de Guardia.  En la foto
tomada en el año 1986,  la acompaña su hija Alcira, su nieto, el “Gringo” Petrucci (otrora ayudante de mi papá, luego militar retirado
de la Base Aérea Tandil, ciudad en la que falleció hace un año), un bisnieto y una tataranieta. En su ranchito yo era un niño feliz.
Permítanme las licencias literarias de detalles que a mi memoria escapan.


DOÑA VICTORIA

Acuéstese un rato…, mas tarde  vamos a ir a visitar  a Doña Victoria – dice mamá. Mi corazón da un respingo, me encanta  ir de
visitas, y a lo de la abuela Victoria con más razón, es tan modocita...  
Me tiro sobre el piso de pórtland rojo en un rincón de la cocina, único lugar fresco de la casa. No puedo dormir, paro las patas, me  
hurgo los dedos de los  piés, empujo la mesa, volteo una silla, armo un barullo…
-Esté con juicio…, duérmase y no moleste!  - protesta mamá.
Como después de esto puede venir con la chancleta, me esfuerzo para no hacer ruido hasta las cuatro de la tarde. Mamá pone
algunas cosas en una bolsita de red y salimos. Cierra la puerta y me manda  hasta el café  a llevarle la llave  a mi viejo, al cuete
nomás, difícil que vuelva antes de la noche, pero por las dudas.
Bajo la sombra de los siempreverdes, caminamos por el veredón del ferrocarril rumbo a la otra banda. Recojo del suelo sus diminutas
frutas maduras, y su tinta morada me salpica al reventarlas y mis dedos se manchan dando asco.
-¡Cuidado con la ropa! - Me recomienda,
Cruzamos las vías por el paso a nivel y llegamos al macadán, con paso rápido vamos por las calles polvorientas que he recorrido
ciento de veces. La casa de Doña Victoria está cerca. En un rato estaré escuchando historias dramáticas o divertidas. La abuela vive
solita en su humilde ranchito rodeado por un cerco de ligustrinas. Al llegar a la esquina me adelanto y asomándome por el portón  de
alambre tejido, golpeo las manos. A la sombra está sentada Doña Victoria.
-Pase m’hijo…-le escucho decir.
En puntas de pie, desengancho la traba del portón y entramos. Sus perros nos husmean  de arriba abajo, hacen cabriolas de
contentos, llego hasta ella y le doy un beso. Mientras mamá charla con la viejita, paso a recorrer el terreno, me vuelve loco curiosear
todo lo que tiene en el patio. El rancho revocado con barro prolijamente blanqueado, una higuera al fondo en la que busco alguna
tardía breva madura que esté a mi alcance. Los patos sueltos se espantan y las batarazas corren hacia el alambrado, cuando les tiro
la cáscara del higo que acabo de comer. El horno de barro y el pozo de agua bajo la sombra  del añoso tala completa el paisaje. Mi
gran atracción es el pozo, cuando apoyo mi pecho en el brocal de ladrillos, en el fondo veo mi cara ondulada por las arenitas que
caen. El balde está sumergido, tiro de la soga y la roldana rechina. La siento bastante pesada, cuando asoma, veo  en él una sandía
refrescándose, por  las dudas si caen visitas.
El mate está en marcha y Doña Victoria me pide
-Tráigame una ramita de burro m’hijo.
Busco entre los canteros,… romero..., albahaca..., yerba del pollo..., yerba del sapo..., tomillo…, aquí está el té de burro, corto un
gajito y  vuelvo  con el encargo. Me siento haciendo rueda, contemplo el espacio, parecemos un dibujo del almanaque de Alpargatas.
En el brasero de  tres patas, unas brasas se esconden  bajo el manto gris de sus cenizas, una pavita enlosada canturrea, de su pico
escapan soplos de vapor por el que paso la mano alardeando que no me quemo.
Los rayos del sol se filtran entre las ramas del granado que nos cubre. Unas abejas zumban, yendo de una a otra  fruta, que maduras
y partidas muestran sonrientes su roja dentaduras. Chicho y Pungui echados a nuestros pies, simulan dormir, de tanto en tanto abren
un ojo cuando los jodo tirándoles maíces de un choclo seco que desgrano. La conversación es un susurro que no atiendo, absorto
miro como se van cerrando los suspiros de la enredadera que da a la calle. Tomo un mate, está riquísimo, dulzón y un gustito a burro
que invita a  chupetearlo largo rato, mami me lo quita  porque  ya lo he hecho sonar tres veces.
-Hola Crucita  - Se escucha desde la calle.
Es Don Benigno, cuñado de la abuela, que pasa rumbo a su casa y saluda a mamá.
Cae la oración, un concierto de chicharras anuncia que mañana volverá a hacer calor. Las busco, no es fácil verlas, su color se
confunde con la corteza de los árboles. Son tan mansitas, agarro una que se queda quietita y al soltarla sale volando para continuar
afinando su violín.
Vuelvo a rondar alrededor del rancho, pispeo por la ventana de vidrios chiquitos, adentro es penumbra y los visillos tejidos al crochet
no permiten ver lo suficiente. Me acerco a la puerta entreabierta, con el pie la empujo sin que se note, recorro con la mirada el interior.
El piso de ladrillos húmedo por el salpicado de agua con la escoba, está bien barrido.
Sobre la mesa, una carpeta tejida, blanca y almidonada con largos flecos que llegan al suelo. Cuantas veces los he trenzado y la
abuela habrá deshecho la ajustada trenza renegando con este sabandija. Una frutera verde de vidrio tallado, colmada de granadas y
naranjas. A su alrededor, cuatro sillas con asiento y respaldo de esterilla, con infinidad de tentadores agujeros poligonales, donde
tengo la maña de meter mis dedos, esquivando el reto de mamá.
En la ocre pared cuelga un marco marrón con el lustre perdido, dentro del ovalo hay una foto sepia de una joven pareja. Él sentado,
sus piernas separadas y manos sobre las rodillas, pantalón con presilla y saco rayado, pañuelo blanco al cuello y gruesos bigotes
oscuros. Ella detrás, con una mano sobre el hombro, con larga falda y una mañanita sobre sus hombros, ambos con rictus serio,
parecen mirar al infinito, tiesa visión hacia el futuro. Son Doña Victoria  y su marido en sus años mozos.
Vuelvo a la rueda, entre el ramaje del granado se escucha el desprolijo aletear de una torcaza que regresa a su nido. En el sillón
hamaca se ha sentado la abuela, viste su batón de viyela liviana color gris y pequeñas pintas negras. Hamacándose, trasunta  
tranquilidad.  Sus plateados cabellos, tirantes y recogidos sobre su nuca sujetos con un pañuelo, sus ojos claros, enmarcados  por un
rostro ajado  por antiguas arrugas dueñas de un tiempo pasado, un suave empolvado con almidón del país aclaran su cara adornada
por un par de aros criollos. Sus rasgos evidencian la existencia de algún antepasado originario de estas pampas cordobesas.
Se mezclan los perfumes del atardecer, reminiscencias de azahar del humito blanco que se desprende de trocitos de cáscaras de
naranjas arqueándose sobre las brasas, con el aroma subyugante de una magnolia florecida del patio vecino.
Inquieto e impaciente, vuelvo  a la puerta de la habitación, no se ve nada hacia adentro. Siento la mano de
la abuela sobre mi hombro, con leve presión me invita a entrar. Con andar lento va hasta el rincón, con un
fósforo enciende una lámpara a kerosén, entonces crecen los fantasmas de nuestras sombras en las
oscuras paredes. Retira  un viejo poncho pampa, raído por  lluvias e intemperie, que cubre un gran objeto.
Aparece la ondulada bocina color verde plomizo de un fonógrafo. Con mirada complaciente me permite
girar la manivela para darle cuerda.
Busca debajo de la mesita un sobre de papel madera ajado por el tiempo, de él saca un disco negro de
pasta, lo sopla para desempolvarlo y con la manga de su batón lo limpia cuidadosamente.
Lo acomoda sobre el paño bordó del plato, con sus temblorosos dedos coloca una púa nueva y suelta la
traba. No puedo leer el rotulo porque gira velozmente. Con suavidad apoya la púa en el borde del disco. De
la oscura garganta de la bocina escapan  unos desagradables ruidos, un fritado sonido deja escuchar los
arpegios de unas guitarras, es la melodía de un tango tristón. Una voz cantarina y sollozante da cuenta de
una letra arrebatadora y dramática..., es “LA CIEGUITA” en la voz inconfundible de DON CARLOS GARDEL.
LA CIEGUITA
A PESAR DEL MUCHO TIEMPO DESDE ENTONCES TRANSCURRIDO,
AUN MI PECHO CONMOVIDO RECUERDA CON DOLOR
AQUEL DIA QUE EN PASEO, VINO A UN BANCO UNA CIEGUITA
Y A SU LADO UNA VIEJITA QUE ERA SU GUIA Y SU AMOR.
YO OBSERVE QUE LA CHIQUITA DE OJOS GRANDES Y VACIOS
ESCUCHABA EL GRITERIO DE OTRAS NENAS AL SALTAR
Y LA OI QUE AMARGAMENTE EN UN SON QUE ERA DE QUEJA
PREGUNTABALE A LA VIEJA: ¿POR QUE YO NO HE DE JUGAR?

Y A PUNTO FIJO NO SE
SI EL DOLOR QUE SENTI
FUE ESCUCHANDO LA VOZ DE LA NENA.
O FUE QUE CUANDO MIRE
A SU VIEJA ADVERTI
QUE LLORABA EN SILENCIO SU PENA
¡HAY, CIEGUITA!
DIJE YO CON GRAN PESAR,
VEN CONMIGO, POBRECITA,
LE DI UN BESO Y LA CIEGUITA
TUVO YA CON QUIEN JUGAR.

Y ASI FUE QUE DIARIAMENTE AL LLEGAR CON SU VIEJITA
ME BUSCABA LA CIEGUITA  CON TANTISIMO INTERES.
¡QUE FELIZ ERA LA POBRE CUANDO JUNTO A MI LLEGABA
Y CON SUS MIMOS LOGRABA QUE JUGASEMOS LOS TRES!
PERO UN DIA, BIEN ME ACUERDO, NO FUE MAS QUE LA VIEJITA
QUE ME DIJO: LA CIEGUITA ESTA A  PUNTO DE EXPIRAR…
FUI CORRIENDO HASTA SU CUNA, LA CIEGUITA SE MORIA,
Y AL MORIRSE ME DECIA: ¿CON QUIEN  VAS AHORA A JUGAR?

Y A PUNTO FIJO NO SE
SI EL DOLOR QUE SENTI
FUE ESCUCHANDO EL ADIOS DE LA  NENA.
O FUE QUE CUANDO MIRE
A SU VIEJA ADVERTI
QUE LLORABA EN SILENCIO SU PENA.
¡AY, CIEGUITA!,
YO NO TE PODRE OLVIDAR,
PUES ME ACUERDO DE MI HIJITA
QUE TAMBIEN ERA CIEGUITA
Y NO PODIA JUGAR
En este grupo musical estaba el
¨Nolo¨ Merchán (craikense) quién
es un actual prestigioso medico...
EL CHURITO

Papá, como miles de Itálicos, llegó en el año 1935 a este promisorio país, "per fare l’américa" como todos solían decir. Aseguro que su
parte la hizo, pero otros la aprovecharon, porque  él se fue de este mundo tan pobre como cuando llegó. No obstante dejó la hermosa
simiente del trabajo y la honestidad en el seno de su hogar.        

Lo encontraron las oscuras madrugadas en un pobre conventillo de la calle Rivera Indarte, casi desbarrancándose en el Río Suquia, en
la ciudad de Córdoba. Con sus bártulos, trepado en un carro de altas ruedas, zangoloteándose  por las empedradas calles llegaba hasta
el viejo Mercado de Abasto.  Empujando pesados carretillones por sus húmedos pasillos, compraba y cargaba fardos de lechuga, bolsas
de papa y toda la mercadería que elegía con ojo clínico. Pagaba y se endeudaba con los puesteros para que sus clientas tuvieran lo
mejor.
Retumbaba el tun-tun de las ruedas del carro sobre los adoquines,  esquivando las vías del
tranvía por la Bajada Esquiú rumbo al Central Argentino. Ese viejo ferrocarril que lo traía  hasta
su pueblo. Dormía sobre los duros asientos de madera, desde la pitada de partida del tren
hasta las 9 de la mañana cuando llegaba a James Craik. En ese viaje matinal recuperaba
fuerzas para volver a empezar. Descargaba todo en nuestro carrito, mercadería  y
encomiendas  que traíamos hasta el negocio en una rutina diaria.
Gastaba la mañana hermoseando la fruta, reviviéndola de tanto traqueteo para que se viera
radiante en la verde estantería. Mientras que sus habituales clientes venían a retirar los
encargues que le habían hecho, en la otra faceta de su quehacer, la de comisionista. Así hasta
las tres de la tarde,  con un plato de comida de por medio, jugaba un truco en el café de Don
Antonio Moya y solo se levantaba cuando escuchaba el pito del tren que estaba llegando y lo
llevaba por enésima vez a Córdoba donde transcurrió gran parte de su vida.
 
Luchó a brazo partido con las dificultades que se cruzaron en su camino, el idioma, la soledad
y el duro trabajo de cada día. Su educación fue mínima, no había superado la mitad de la
escuela primaria, el trabajo en la quinta de sus padres y el cuidado de los animales le fueron
ocupando todo su tiempo. Nació y se crió en Trebisacce, pequeña población del sur de Italia,
provincia de  Cosenza, en la región de Regio Calabria, con el Mar Jónico a la vista y rodeada
de montañas.
Consumió su vida trabajando y con su cocoliche renegó para que estudiáramos y atesoráramos
los valores de la honestidad por sobre todas las cosas. Se fue de este mundo sin nada propio,
poco a poco lo perdió todo, tuvo una ingenua visión de la gente, a muchos ayudó y mal le
pagaron.



Recién llegado de Italia, vaya a saber por qué  juego del destino, la provincia de Córdoba fue la
que lo acunó para el resto de su vida. Fueron años difíciles, con pocas oportunidades para los
que solo tenían un par de brazos y una ancha espalda para soportar infortunios. Cayetano
compró dos canastos, los llenó de frutas y verduras y se lanzó a la aventura de venderlas lejos
de la ciudad. Del tren que lo llevaba, descendió en James Craik a unos  100 kilómetros al sur de
la Docta y allí comenzó su historia.



Sus ventas aumentaron y se vio obligado a traer más mercadería cada día. Los cajones de su
pesada carga quedaban en una estación de servicio. Allí Personas maravillosas le dieron un
espacio y la patrona, doña Emilia Beltrami, le servía un almuerzo junto a sus hijos, y fue su
casa, un refugio en esos días  difíciles.
Su voceo a medialengua lo fue convirtiendo en un personaje más del  pueblo. Desde que  
bajaba del tren, los changos sabandijas lo seguían incansables. Al menor descuido del pobre
tano, le calotiaban  alguna fruta y desaparecían corriendo. Él dejaba los canastos en la vereda
y los corría al grito pelado de “chorrito, chorrito”, palabra que empezó a identificarlo y los
mayores lo comenzaron a llamar cariñosamente  “el Churro, el Churrito o el Churito”.
El tiempo pasó y un día se afincó en el pueblo, donde crecimos Pepe y yo. Nunca lo llamaron
por su nombre o apellido, el Churito era todo dato filiatorio. En el año 57 nos fuimos a vivir a
Córdoba, seguro que a escondidas habrá derramado más de un lagrimón al abandonar el
pueblo que tanto quería, nunca fue el mismo desde entonces, James Craik había sido su vida
y su esperanza, pero el porvenir de sus hijos pesó ante la nostalgia.
Al volver después de 25 años, para el centenario de nuestra Escuelita José María Salgueiro,
solo nos reconocían a mi hermano y a mí cuando nos identificamos como los  hijos del
“Churito”.
LA CUPECITA
Con respeto al querido
Dr. Ricardo Piñeyro


Con la mano izquierda arremanga su guardapolvo blanco y de un salto trepa a la cupecita gris de guardabarros recortados.
La mañana es fría y una fina llovizna empapa la calle. Los charcos de agua formados en las profundas  huellas de las chatas, reflejan
los relámpagos de la tormenta que tarda en desencadenarse. Todo es quietud, los pájaros están acurrucados en sus nidos y no
trinan como en los días soleados.
Ricardo, alto y morocho, de renegrido pelo ondulado y tupido bigote, se acomoda en el asiento. En el momento de  apretar el
arranque, su pesado pie tiene aplastado a fondo el acelerador. El clásico ronquido del escape sin silenciador, harto conocido, hace
que hasta en la Intendencia se enteren que el Doctor sale para el Hospital.
Frente a la puerta de su casa, por si acaso, vive estacionada día y noche su cupecita. Hay dos
zanjas profundas por las bruscas partidas donde los neumáticos giran levantando polvareda que
enoja al vecindario. Seis cuadras lo separan del Hospital, pero su costumbre es rodear las dos
manzanas haciendo gala de la potencia del motor y la  destreza de su muñeca al volante.
Está ideal para hacer  piruetas, aprovecha y dobla en la esquina del mástil derrapando y un abanico
de barro salpica el veredón. A mitad de cuadra después de febril viboreo consigue enderezar la
cupecita. Canchero, maneja con una mano y acodado en la ventanilla abierta, luce espléndida
sonrisa.  
El cigarrillo se despedaza entre sus dedos y muere húmedo por la llovizna que lo castiga. Acelerando
a fondo logra la velocidad que le permite llegar hasta la plaza, con otro volantazo estaciona al
milímetro contra el cordón, en la puerta del  Hospital. Esta rutina, costumbre y divertimento, le da un
carisma  pintoresco al joven médico, que tiene a su ídolo, Juancito, el hermano menor del ya famoso
Aguilucho Gálvez, en un cuadrito de su consultorio.
Entra resuelto a la sala de internados donde están sus pacientes, todos  levantan la cabeza  para  
saludar la llegada del doctor que siempre tiene una frase campechana y un “arriba ese ánimo” para
sus queridos enfermos. Lo quieren y estiman, es el médico, es el amigo, es el tuerca del pueblo,
muchacho altruista que no mide el sacrificio de su trabajo con el dinero.
Progresa en su carrera y periódicamente viaja a Córdoba, asiste a cursos y prácticas para
especializarse en pediatría pues ama a los niños. Uno de esos días, cuando el mal tiempo se ensaña
y la llovizna todo entristece, Ricardo parte  hacia la Capital de la provincia. Al mediodía, un
camionero  llega con la noticia.  
Aunados en un mismo destino, con su ídolo Juancito, una traidora curva lo abrazó para siempre y tronchó su último gran premio. Junto
a los despojos de su cupecita gris de guardabarros recortados, cruzó la meta y subió al podio  en las  puertas del plomizo cielo  
provinciano.
Con los brazos abiertos sonríe entre las nubes, saludando a sus afectos que lo lloran, en un mar de pañuelos blancos.
Agradezco a mi infancia vivida plena de, estudios, travesuras y trabajo, con limitaciones y sacrificios, solidos peldaños  para llegar a lo
que me toco vivir.

Agradezco la libertad que tuve de chango, inquieto, curioso y ávido de saber y conocer.

Agradezco  haber sido elegido entre otros para robarle un pedacito a mi aula de 5to.  y crear  con modestas repisas la pequeña
biblioteca de mi escuelita.

Agradezco el don incansable de leer, cuentos infantiles y juveniles, que cual la hiedra, se fijaron en mi memoria.

Agradezco a mi maestrita particular, Silvia , que usando métodos pedagógicos personales, me sujetaba  con un cinto a la silla para
obligarme a una postura correcta y clavaba mi cuaderno con chinches a la mesa, para que no escribiera patas arriba. Por domar mis
torpes manos que no querían ceder a la caligrafía y a mi mente que se negaba al porqué de la ortografía.
Agradezco a Chiche , que ablandó mis dedos, enrojeciendo el meñique en el duro teclado de su vieja
Underwood, negra máquina de escribir donde aprendí dactilografía.
Agradezco a mamá, que con sacrificios y a escondidas, compró mi primera Lettera 22, con la que
musicalizaba siestas, copiando cartas comerciales y  contratos de un viejo libro de las Academias Pitman.
Agradezco al campechano loco, el joven Humberto Volando, que me cubrió con manuscritos duros e hirientes, que se transformaron más
tarde  en su primer libro sobre asuntos agrarios. Que en su lucha social lo llevo en su madurez ser un líder nacional del campo.
Agradezco poder plasmar esta necesidad interior, en pequeñas  historias de vida. Textos simples para que a los que amo, que
necesitarán saber del pasado de su existencia.
Agradezco a los que se interesen en ellas, esperando las valoren como recuerdos  llenos de amor y emoción, situándose en el tiempo
en que ocurrieron.
Agradezco a mis compañeros de taller que alimentaron mi inspiración emocionándome hasta las lagrimas al oír sus historias, tristes
unas, alegres otras, conmovedoras todas.
Agradezco a Adriana , que encendió la chispa del fuego sagrado de mis recuerdos, provocando un torrente  incontenible de relatos.
Agradezco a Yoly, mi querida esposa que alienta y critica esta minúscula obra.
Agradezco a la vida por permitirme  llegar a mis recuerdos inmersos en el olvido.
VICTORIANO
   Agosto, amanece y el viento  norte sopla desde anoche, los remolinos de polvo hacen cabriolas en el reseco patio de la escuela. La
niebla terrosa tiñe al cielo color sepia y a través de ella apenas se recorta la circular silueta del sol que sube sobre los siempreverdes.
   El molino rechina desenfrenado. Sus paletas cortan fetas concoidales de aire pardo. Deglute voraz su energía y sus engranajes la
digieren regurgitando el agua arrancada de las entrañas de la tierra. Vómitos líquidos se sacuden en el viejo tanque hasta rebalzarlo. El
vertiginoso caudal fluye incontenible. Cachetazos de agua castigan el rojo piso de la galería, encharcando a la puerta de la Dirección.
Del fondo de la galería se escucha la ronca voz de Victoriano.
   -¡López…. López…!
   López carajo,… ¿donde se ha metido…?
¡Que lo tiró al sordo, no oye el batifondo del molino, que me va a oír a mí…!
   Con su pijama gris a rayas azules, en chancletas con unas alpargatas viejas, sale al patio esquivando los chubascos de agua que
desparrama  el viento y va hacia el molino, se aferra al madero que sujeta el alambre del freno, tira con fuerza hasta que el potro alado
queda cabresteando en el rígido palenque de hierro.
   Es Victoriano Ahumada, carismático Director de la Escuela de Varones José María Salgüeiro, hombre cincuentón de carácter fuerte, de
estatura media, pelo negro con profundas entradas y bigotes tupidos que acentúan su gesto  severo.
   Una de las aulas  de la Escuela fue destinada  para la vivienda que comparte con su esposa y sus dos hijos. Un biombo descolorido
divide el ambiente, separando los dos dormitorios de un sencillo comedor y la cocina. En la económica Instilart, arden unos leños y en su
planchada chilla la pava con el agua para el mate.
   Pausado, recorre la habitación acicalándose. En una taza enlosada,  raspa prolijamente  un pan de jabón Manuelita con su
cortaplumas. Sobre las finas pelechas vierte un chorro de agua caliente y con la brocha logra una blanca espuma, tibia y fragante que
aplica sobre su cara con movimientos circulares. Mientras hace tiempo para que ablande su espesa barba, toma el extremo de una
brillosa lonja de cuero que cuelga detrás de la puerta y asienta prolijamente  el  filo de su navaja.         Con cuidado y seguras pasadas,
rasura la sombra de un día y su rostro queda suave, lo comprueba pasándose la yema de los dedos y mirándose en un pequeño espejo
que cuelga entre los vidrios de la puerta. El fino hilo de sangre que corre por su mejilla es  detenido con una barrita de alumbre que
humedece en agua tibia.
   El tañir de la sonora campanita colgada de un travesaño del molino, vuela con el viento a los confines del pueblo, es el sordo López  
que a las  siete y media toca el primer llamado a clase.
   -¡Que día hoy…!  -Piensa Victoriano,
   Amanecimos con  el viento de los locos, espero que no sulfure a todos como de costumbre.
   Unas gotas de brillantina ayudan a asentar  los cabellos lacios, el peinado hacia atrás marca sus profundas entradas. Recoge sus
pequeños gemelos de nacar y alisa su corbata sosteniéndola con un sencillo prendedor de oro, levanta  su saco y Elisa, su esposa, le
sirve el mate del estribo. En el patio ya revolotean algunos guardapolvos blancos. Cuando él camina hacia la Dirección recibe el saludo
de algunos niños madrugadores.
   -Buenos días Señor Director.
   -Buenos días  -responde con impostada voz.
   En su escritorio revisa la papelería que a diario su función le exige, las maestras van llegando, y todas, entreabren la puerta para
saludar a Victoriano.        Saca la hoja del taco del almanaque, 14 de Agosto, y piensa:
   -Tenemos días de festejos en el pueblo, mañana es el día de La Virgen y tengo que asistir a la Procesión, el 17 haremos el Acto
conmemorativo de  la muerte del General San Martín, y el 18 tenemos la fiesta del Patrono del pueblo, nuestro querido San Roque.
    El Santo saldrá a la calle junto a su perro con el pan en la boca, llevado por sus hijos dilectos  en procesión, todos pedirán salud para
la familia.
    ¡Ay San Roque Milagroso, líbrame de la peste contagiosa!
   1950, año del Centenario de la muerte del Gran Capitán, desde el Consejo de Educación  bajaron firmes directivas, debe realizarse un
acto importante. Mentalmente recorre los hechos históricos que muchas veces enseñó en las aulas y ahora los entrelaza armando
mentalmente  el discurso que deberá hacer el día del acto.
    Victoriano es famoso por sus extensos discursos que dice sin leer, pausado por momentos y vehemente en otros. Cuando en el
mástil, zamarrea con violencia el micrófono vociferando verdades, enardece a los pobladores que lo aplauden a rabiar.  Siempre remata
sus alocuciones con un Viva la Patria! que resuena a los cuatro puntos cardinales haciendo eco en los galpones de ferrocarril.
   Suena la campana de entrada. Los niños y sus maestras ya están formados en la puerta de entrada, mientras el celeste y blanco de la
Enseña Patria, sube lentamente al arrullo de las estrofas de Aurora. Un emotivo escalofrío  corre por el cuerpo de alumnos, maestros y
también de Victoriano.
   La banderita llega al  tope del asta, donde flameará ruidosamente durante el día  maltratada por el viento.
   Por un par de horas cumple  con su función de Director, recorre las aulas y habla con cada maestra dando las instrucciones
pertinentes. Todos deben estar listos, los niños que dirán versos y poesías,  los que harán los números de folclore bailando La Firmeza,
El Cuándo y el Carnavalito, y  Oscar , el maestro que se ofreció para recitar algunas  estrofas del Martín Fierro, que repase bien!. Hay
que combinar  con la Escuela de Niñas el tema del horario, no deben superponerse los actos, ya que habrá padres que querrán asistir a
ambos. De regreso en la Dirección, repasa sus brillantes zapatos  negros con una franela, se mira en el vidrio de la puerta de su
biblioteca y con la mano arregla su cabello,  y sale rumbo a su otro trabajo.
     A pesar de su amor  por la docencia que lo ha llevado al puesto de Director, le fue ofrecida la Secretaría de la Municipalidad, y por
las rogativas del Intendente, su amigo, ha aceptado ocupando en esta función pública el resto del día. Mientras camina desde la Escuela
a la Municipalidad, repasa mentalmente las tareas que le esperan.  -Iré por la calle del centro -Piensa.
   Veré  si Ramón  pasó  con  el camión regador  temprano como le dije, sino el turco Zayat volverá a quejarse, y con este viento con
más razón...
   Hoy tengo reunión con los tamberos que llevan la leche a la Fábrica de Quesos de la Cooperativa. Los caminos están imposibles y la
niveladora está rota,  pasaré por lo de Don Pautasso  a ver si ya soldó el soporte de la cuchilla. Me haría falta un auto, para poder
recorrer más el pueblo, pero con este sueldo no llego. Que se le va hacer.
   A media caminata, hace su parada casi obligada de cada día, en la despensa del Churito. El Churito, es un cariñoso sobrenombre que
le han puesto a mi viejo Cayetano, gringo que vino hace años de su Trebisacce natal en la recóndita  Calabria. Como miles de
inmigrantes a “Fare l’America”.
   Victoriano  con meticulosidad elige sus frutas y verduras y el Churito lo atiende con pleitesía.
   -Después me manda todo esto a casa y cuando venga Luisito de la escuela, que me corte unos 200 gramos de jamón crudo, como a
mí me gusta y lo agrega al pedido. Póngame todo en la cuenta.
   El Churito acomoda solícitamente el pedido y Victoriano sube las escaleras de la Municipalidad donde le espera  otro patriótico día de
trabajo. Distintas formas de hacer grande a la patria dando ejemplos de abnegación y amor  por el trabajo.