La máquina del tiempo
Todo el material de esta sección pertenece al Ing. Luis Costanzo.
Email: luis_costanzo@yahoo.com.ar
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ANTEOJITOS (AR)
Sentado en un cajón de manzanas, despanzurra un fardo de lechugas y con paciencia monacal quita hojas chuzas y les corta el ennegrecido tronquito. Las acomoda prolijamente en el cajón que va a la estantería. Sumerge sus manos en un balde con agua y luego las salpica dejándolas alegres como recién cortadas de la quinta. Ocupo mucho del tiempo mirando a mi viejo cuando hace esto, él fuma y fuma, como fuma! Olvida sus puchos en distintos lugares y va encendiendo otro en cada oportunidad que no los encuentra. El delator humito suele dar cuenta de hasta tres puchos encendidos a la vez, que mueren sin pena ni gloria lagrimeando cenizas en soledad. El papel mojado por sus dedos húmedos, se rompe y deja salir hebras de tabaco negro de olor horroroso. Los Reyna Victoria que le compro dos o tres veces al día en el café de Don Antonio, son unos verdaderos petardos.- En sus tareas juegan un papel esencial sus anteojos. Por insistencia de mi vieja, sin ir al oculista y usando una receta de ella, se hizo hacer un par de lentes en Córdoba. Apareció con un estuche de Lutz Ferrando con unos anteojos de gruesos vidrios con mucho aumento, marco de carey marrón, tan feos, que cuando se los pone le hacen una cara de malo….más vale que los use poco. Los anteojos tienen el mismo destino que sus cigarros, siempre están perdidos. A veces van al cajón de la basura entre hojas de repollos y remolachas, allí nos zambullimos a revolver para rescatarlos. Ni hablar cuando se pierden a la hora que viene el tren, empieza a los saltitos y arma una revolución. La Mecha, su ayudante y yo entramos a buscarlos por todo el boliche. Cuando se va, suspiramos con alivio, sus gafas viajan en el bolsillo de su percudido saquito de brin color verduras. Viven sucios, sucios es poco decir, inmundos, pegatinas de zanahorias o de zapallitos podridos suelen verse en esos vidrios rayados por el maltrato. A veces los agarro y bajo el chorro de la bomba los lavo con un cacho de jabón “El Gaucho” que hay en el borde de la pileta, luego los seco con papel de manzanas, y el viejo queda chocho por un rato.- Muchas clientas vienen al negocio, entre ellas Doña Jacinta, menuda anciana que viste permanente luto vaya a saber de cuantos parientes muertos sin solución de continuidad. Debajo de su larga falda asoman impecables sus alpargatitas negras, en su cabeza un pañuelo de medio luto, negro con pequeños lunares blancos. Anudado ciñe su mentón y cubre los blancos cabellos recogidos con un rodete a la altura de la nuca. Sus pasos son cortitos y tenue su voz, es muy humilde. Desanudando un pequeño pañuelo, ennegrecido por el manoseo, saca una listita escrita con un Faber mocho y un par de pesitos doblados para que entren en el nudo en cuestión. Del bolsillo de su saquito de lana saca un estuche con un par de anteojitos de cristales redondos, patillas curvadas y blanditas que abrazan el pabellón de su oreja. Ceremoniosamente se los coloca levantando el pañuelo para que queden bien sujetos mientras comenta: -Sabe m’hijo, son nuevitos y todavía no me acostumbro a usarlos permanente como me dijo el Doctor, así que ando con los viejos y los nuevos cambia que te cambia… Buscando la luz de la puerta lee la listita y empieza con su gran pedido, verduritas para la sopa, dos papas, una zanahoria, un cachito de zapallo y alguna picadita para el postre. Mientras paga y cuenta las moneditas del vuelto, los anteojitos nuevos están posados en el mostrador. En ese preciso momento mi viejo pasa con media bolsa de cebollas a cuestas, los mira maliciosamente y sin que la vieja se de cuenta los levanta, se los pone… -Caraque!!!!!, comenta. Mi viejo ha descubierto un mundo nuevo, lo que ve es increíble, toma naranjas, remolachas, un brócoli, los mira de todos lados, no puede creerlo. Abre el cajón de la plata saca su libreta negra y maravillado lee algunas anotaciones que escritas con lápiz de tinta, las habrá hecho a tientas. Inspecciona dos o tres billetes, parece chico con pelota nueva. Doña Jacinta, inocente, espera que Don Cayetano termine con este teatro, y empieza a ponerse nerviosa porque no da señales de devolvérselos. -Bueno Don Cayetano, me tengo que ir, necesito los lentes… Y mi viejo sin darle mucha importancia, le dice: -Ma Doña Casinta, osté tieni la recheta nuovita e tieni tiempo, perqué non vai a Villa Maria y ti fai uno antoequitos nuovos. Io ti doy venti pesos e tu vai, he?... Y la pobre Jacinta, vencida y sin gloria, tiene que arrollar ante la impertinencia de mi viejo que se quedó con los anteojitos, que seguro tendrán el mismo destino que sus viejos mamotretos.-
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LOS SANMARTINO
Mi familia y yo, siempre hemos tenido algo en común con los Sanmartino, contactos de distinta naturaleza hicieron que existiera una
verdadera amistad, salvando las diferencias de clase social en que nos desenvolvemos.
Son cuatro hermanos los que conozco, con ocupaciones diversas y bien definidas en el pueblo, que de alguna manera influyen en mi
vida porque los veo como personas muy respetables.
Uno de ellos alto, de cabello entrecano, ojos claros, muy educado, siempre con sus breches de montar, botas marrones, impecable
camisa blanca y torera de gamuza, pañuelo al cuello y gorra. Don Humberto es uno de los rematadores del pueblo. Realiza las ventas de
ganado en estancias y tambos de la zona.
Hay otros dos martilleros en el pueblo con los cuales no tengo mucho contacto, uno se me hace que es un turco poco amigable por más
que es un tipo excelente, su nombre es Rubén Aranda y no se por qué se me da por dárselo vuelta y lo tengo presente como Adnara
Nebur. El vasco Azcurra es otro, macanudo y charlatán con el cual converso a menudo.
Cuando recorro la clientela llevando los pedidos de verdura me da gusto ir a lo de Don Humberto. Su casa señorial y rodeada de rejas
está cerca de la Municipalidad. Soy de confianza en la casa por eso siempre entro por el patio sin llamar, paso derecho a la cocina y
acomodo todo en su lugar con la supervisión de Edelmira, la mucama que es muy amiga de mamá y con la que siempre charlo.
Algunas veces me cruzo con la hija mayor de la familia, Tolola, muy altanera ella, sin embargo conmigo es macanuda y conversadora,
siempre está preguntándome por la escuela y otras cosas. Es profesora de inglés y una de las pocas personas que ha viajado al
exterior, estuvo perfeccionándose en Estados Unidos, de tanto en tanto me hace pasar a un cuartucho donde guardan papeles y
revistas y me dice:



-Elegí lo que te interese y llevátelas.
Siempre hay pilas de revistas Life, Match y Selecciones del Rider Digest, todas en ingles. Yo cargo montones y caigo a casa con el
papelerío, como no sirven para envolver, a mi mamá no le hace mucha gracia. Me la paso días embelesado con las fotos de aquellas
hermosas revistas. Cuando nos juntamos con Julio, mi amigo del alma, tijera en mano nos ponemos a recortar las fotos de los autos
americanos, coludos y de colores espectaculares.
Así formábamos nuestra colección que pegamos en una carpeta, Cadillacs, Oldsmobile, Ford, Chrysler, Plymounts y otros, uno más lindo
que otro, todos tripulados por hermosas mujeres, escotadas y con faldas que muestran en forma picaresca sus rodillas, siempre nos
preguntamos, serán de verdad?
Mientras estoy arrodillado eligiendo las revistas, pasa don Humberto que me ve y me dice:
-Luís cuando pases por el escritorio levantá unos boletines que tenés para repartir. Él aprovecha el hecho de que yo recorro todo el
pueblo y le reparto los alargados boletines con el detalle del remate del próximo domingo, siempre le robo un par de ataditos para dibujar
del lado de atrás, son de un papel buenísimo.

Con esta changa me gano unas chirolas para mis antojos. Don Humberto viene a
menudo a nuestro negocio, y siempre me busca cuando quiere comprar jamón crudo. Yo
aprendí a manejar muy bien el largo cuchillo fiambrero y me salen unas fetas finas y
parejas como a él le gusta.
-Ah… y elegíme un lindo melón para acompañarlo- me suele decir.
Todo es cuestión de conocerle los gustos. Carga con su compra en su rural Merceditas,
la única que circula por el pueblo y parte para el almuerzo.
Uno de los hermanos que no conocí, es el que fuera marido de doña Rosa, que vive
cerca de casa con sus dos hijas, quedó viuda, pero, sin perder el estatus de familia
acomodada, hace trabajos de costura y los domingos vende unas riquísimas empanadas
que mi mamá me manda religiosamente a buscar al mediodía. Yo me siento en la cocina
mientras Doña Rosa las fríe, y de paso me convida con una de yapa.

Para hablar de Don Casimiro, el más pobretón de los hermanos, debo decir que desde muy chico, por la relación que tengo con mis
vecinos, la familia Rodríguez me entusiasma tirar con armas de fuego, a pesar de ello, cuando salen a cazar, los acompaño pero no me
animo a matar ningún bicho. Al ver esta inclinación, Don Casimiro, petiso regordete, excelente persona, instructor en el Tiro Federal
Argentino del Pueblo, me invitó a practicar este deporte tan apasionante. El tiro con Fusil Máuser, arma de guerra pesada a la que
apenas puedo levantar. Me cuesta horrores aguantar la violenta patada cuando disparo. Sin embargo, Don Casimiro, paciente, me va
enseñando cada detalle y los cuidados a tener en esta actividad y prontamente comienza a llevar anotaciones oficiales de mi
performance. He cambiado mi posición de tiro dado que a con mi brazo izquierdo defectuoso, no puedo levantar el arma, y tengo que
sostenerla con mi mano derecha y apoyándola en mi hombro izquierdo.
Me hace intervenir en torneos tirando a 150 y 200 metros, formando equipo con Julio con quien participamos en otros Tiros Federales de
la Provincia.
-Tenés que rendir las condiciones de tiro, ya estás en edad de hacerlo y además con tus aptitudes, podes superar las marcas exigidas -
me dice don Casimiro.
-¿Y para qué es eso? -le pregunto
-Si cumplís las tres posiciones, cuerpo a tierra, de rodilla y de pie, podrás pedir anticipación de un año o prórroga de dos años para
hacer el servicio militar, además, no entrarás en el sorteo para la marina, que bien sabés, el servicio allí dura 2 años.
Ni pensarlo, me he puesto con gran empeño a mejorar mis condiciones y logré cumplir con todos los requisitos. Con la firma de Don
Casimiro, la papelería correspondiente fue despachada al regimiento Nº 43, para que llegado el momento pueda acceder a algunas de
las opciones, si estoy estudiando fundamentalmente.
El Dr. Manuel, fisonómicamente muy parecido a don Humberto, es un cirujano de renombre y se desempeña en varias clínicas y además
en el Hospital de Clínicas de Córdoba, cuando mamá ha estado con problemas, el Dr. Sanmartino la ha revisado y le ha hecho todos los
trámites para operarla sin que le cueste nada. En el Clínicas la operación fue todo un éxito y estuvimos muy agradecidos al Doctor por
todo lo que ha hecho.
El cuarto hermano en cuestión es Don Juan, “El bocón” es el apelativo justo que le daría quién lo escuchara por su socarrona forma
de hablar. Gordo, prominente barriga y baja estatura. Viste siempre un traje azul marino brilloso de tanto refriegue en colectivos y salas
de espera, sombrero Gardeliano y anteojos culo de sifón de grueso marco de carey negro. Es la clásica figura de un “ave negra”, tarea
que hace a la perfección.
A la distancia se lo presiente por su sonora verborragia; adjetivos festivos, hirientes o despectivos aplica con justeza a todo poblador
que se le cruza, al que seguro conoce desde su niñez. Su bamboleante avance, con el pesado portafolio repleto de ilusiones, alegrías o
angustias, va castigando con su diario enrollado la cabeza de todo pibe se le cruza por el camino.
El negocio de papá es su parada obligada para darse un respiro y hacer algún comentario. Un par de veces por semana viene de
Córdoba, con su carga pleitos en marcha o solucionados. Hoy, transpirado por la caminata desde la parada del colectivo, deja el
portafolio en el piso y se apoya en el marco de la puerta mientras enjuga su frente con un pañuelo a cuadros.
El negocio está lleno de gente y mis padres en pleno ajetreo matinal, Juan no titubea en gritar sonoramente.
-¿Che gringo, cuántas veces te voy a decir que el tiempo pasa y vos seguís muy tranquilo?
Mi viejo sin entender un corno, se le aproxima
-Qui cosa diche? Y Juan le espeta.
-Tus hijos están creciendo como arbolitos nuevos, vos no te movés, ¿cuando empezamos el trámite?
Yo no entiendo ni jota de esta perorata pero atiendo cada detalle, y el tiempo sabio, después de algunos años me hará conocer el
porqué de tanta insistencia.
El problema es que mi padre nunca formalizó matrimonio con mi madre, por ello nosotros somos hijos naturales y llevamos el apellido
de mi abuela materna, ya que mi mamá también es hija natural y nunca accedió al apellido Brizuela, siguiendo esta línea el mío en la
actualidad es Benavidez.
La pretensión de Juan, aduciendo que mi secundario está cerca, es que estos dos pájaros se casen y que mi viejo nos dé su apellido,
él tiene todavía su asignatura pendiente allá en Italia, donde quedó mujer e hijo que nunca más vio.
A mis 12 años, estando yo en 6to. Grado. Una mañana como tantas, Don Juan Sanmartino entra alborotado al negocio. Aplasta su
portafolio en el gastado mostrador, mete su mano en el bolsillo del saco y con un chasquido tira una libreta marrón sobre el mismo. Sus
cualidades de “ave negra” han conseguido casar a mis viejos a distancia.
-Ahí tenés Gringo, ya podes hacer la fiesta, tenés mujer y dos lindos hijos.
En este preciso momento mi hermano y yo somos dos Costanzo más.

DOÑA JOAQUINA
El calor fue intenso durante el día, el trabajo no aflojó y mamá me mandó a reponer vino en la heladera casera que tenemos en la pieza de atrás. Una media barra de hielo en un fuentón de chapa. Gastada, con cavidades semicilíndricas marcadas en su superficie. Agrego varias botellas de vino Arizu y cuatro sifones hasta llenarlo. Desparramo dos puñados de sal para que el hielo dure más y cubro todo con un par de bolsas de arpillera bien mojadas. En el piso ha quedado una jarra de vidrio, en ella tenemos agua fresca para tomar durante el día, hoy la hemos consumido toda. De la única canilla que tenemos en el patio sale un líquido marrón, salobre y amargo, imbebible. Es el agua nos viene del tanque de un molino de viento que está en el patio de Doña Pura Cacciavillani, la dueña de casi toda la cuadra. Para tener un poco de agua potable, a diario recurrimos a la bomba de Doña Adelaida Moya, a media cuadra de casa. Ellos han tenido suerte, perforaron y encontraron una napa de agua dulce, exquisita. Escuchando las recomendaciones del caso, salgo con dos jarras a buscar agua. Sin golpear ni pedir permiso en lo de doña Adelaida, paso directo a la bomba. En el pequeño patio de mosaicos hay dos enorme teros guardianes, me vuelven loco con sus ataques, me encaran con sus alas extendidas y sus púas amenazantes, haciendo un barullo infernal.
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Mientras bombeo tengo que sacarme de encima al Rumy, perrazo pesado que no me tiene mucha estima y que me empuja con su cuerpazo. En el brocal del aljibe, tomando sol, están el Timo, blanco espumoso y el Negro, como azabache, dos hermosos gatos angoras castrados, santos animales. Después de hacer equilibrio con las jarras sobre la incómoda pileta, salgo por el zaguán temblequeando. Mis flacos brazos se fatigan rápidamente, no veo el momento de llegar. La vereda de mi casa, de viejos ladrillos gastados, tiene deterioros que no por conocidos son menos peligrosos. Como pisando huevos voy llegando, en un descuido tropiezo, quedo suspendido en aire en plena caída. En una fracción de segundo se cruzan por mi cabeza un sin fin de pensamientos, me acuerdo de mi pequeño gato Pelú, al cual con mi hermano lo tiramos hacia arriba y siempre cae parado. Sin embargo yo me romperé algo, el agua va y viene salpicándome, mis brazos se estiran logrando un raro equilibrio para evitar que se vuelque. Mis rodillas chocan ruidosamente contra los ladrillos y una puntada de dolor me recorre el cuerpo. Mi cabeza está ocupada en pensar cómo hacer para que estas dos jarras no lleguen al fin de su existencia. Bañándome con el agua, levanto las jarras todo lo que puedo y mis dos codos crujen sobre la vereda con un desagradable sonido. Quedo tendido a lo largo, con rodillas y codos hechos pelota pero con las dos jarras sanas. Dos clientas de nuestra verdulería salen corriendo al escuchar mis gritos de dolor y mi llanto desconsolado para ayudarme. Mamá, como siempre muy ocupada, me envuelve con una toalla vieja, me sacude un poco, ve que tengo los dos brazos encogidos aparte de lastimados. -Te vas a ver a Doña Joaquina ya mismo- Me dice. -Acompáñame - Le pido. -Yo no puedo ahora, andá solo y con cuidado- Contesta medio enojada. Lloriqueando y a duras penas hago las dos cuadras hasta lo de Doña Joaquina, en la puertita de alambre, sin poder golpear las manos, grito. -Doña Joaquina, Doña Joaquina..! Secándose sus manos en el delantal sale de la cocina que da a la galería. -Qué te pasó Luisito- Me pregunta mientras viene hacia mí. Le cuento mi percance entre sollozos y me hace pasar. Busca un plato hondo, destapa una media bordalesa de madera que está debajo de una canaleta que recoge el agua del techo cuando llueve, y con un tarrito casi llena el plato. Entra a su dormitorio y lo coloca en una mesita. Yo espío por una abertura de la cortina de cretona, con flores muy grandes color rosa y tallos verdes descolorido. Se sienta y del bolsillo de su delantal saca un puñado de trigo. Como contándolos, los va tirando en el plato, los pequeños granos flotan y se mueven lentamente. Dolorido y quejumbroso, sigo mirando lo que no debiera, se santigua dos o tres veces y luego comienza a rezar monótonos y apresurados Padrenuestros, gruesas lágrimas caen de sus ojos rodando por sus ajadas mejillas. Pensar que está llorando por mí. Los granos de trigo uno a uno se van hundiendo, balanceándose llegan silenciosos al fondo del plato, y yo empiezo a sentir alivio al desanudarse mis nervios recalcados. Cuando sale enjugándose sus últimas lágrimas, apoya su mano en mi cabeza y me dice: -Tenías una madeja en esos bracitos- Me da un beso y saludos para mamá. Saltando y corriendo, regreso para curarme de las lastimaduras, porque mis nervios ya están como antes, gracias a Doña Joaquina, Santa Mujer. Y las dos jarras sanas!
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Pan’devaí, pa’James Craik, che que bien que lo pronunciaí, se ve que sabí Inglé
El hecho de haber vivido mis años jóvenes frente al Ferrocarril. De haber habituado mi oído al silbato del tren a las 9 de la mañana y a
las 3 de la tarde, horario de llegada y partida de mi viejo a la Ciudad de Córdoba. De haber saboreado el intenso olor del vapor, del
humo de leños ardientes y del chirrear de los fierros calientes. Todo ello me hizo amar las oscuras locomotoras y su rosario de
vagones que iban y venían sin cesar. Además reconozcamos que abandonamos el nombre Chañares por el de aquel funcionario ingles
que estuviera en los puestos directivos del Ferrocarril Ingles y que su nombre se enraizara en el seno del Chaco Chico. Con la
nostalgia que ello provoca me llevó a recordar mis andanzas por sus vías y galpones, con cariño les dejo:
F E R R O V I A R I A
Arrodillado sobre un diario Critica, parando la cola está inspirado en dibujar un interminable y feroz tiroteo. Aprovechando los angostos
márgenes del diario, garabatea con su Faber N° 2.
Los coboys son pequeños hombrecitos, un circulito por cabeza y unos palitos como cuerpo, brazos y piernas, en acrobáticas
posiciones, revolver en mano, luchan incansablemente por el dominio del pueblo. Sombreros al aire, tiros que rebotan en dos o tres
lugares, matan a uno de los tantos bandidos que se esconden por todos lados.
Detrás del sello azul, donde se lee “1950 Año de Centenario de la muerte del General José de San Martín”, hay escondidos tres
maleantes dispuestos a atacar, pero aparece el Sheriff que con ágiles saltos se coloca en excelente posición de tiro y certeramente
liquida el pleito porque allí termina el margen de la hoja.
Es una bochornosa siesta de verano, su mamá lo ha mandado a dormir, pero como de costumbre, busca un lugar fresco en algún
rincón de la casa para disfrutar de su ocio. En el negocio, aprovecha la poca luz que entra por debajo de la persiana que dejan
algo levantada para que corra el aire.

De la calle se escucha el trote de un caballo y los trinos de varios gorriones que se bañan
con bulliciosos aleteos levantando polvo en un pocito de la tierra suelta. Se escuchan las
voces de otros chicos que rondan cerca. Luis los espía por debajo de la persiana, se pone
contento porque los estaba esperando. Si hacer ruido se levanta, abre la fiambrera, corta
un cacho de Patay , y se dispone a salir sin que la mamá se entere. Por la cocina imposible,
la puerta hace mucho ruido. Mejor por debajo de la persiana, de panza en el suelo saca
sus brazos, luego la cabeza, cuidando no arrancarse una oreja con la persiana. Los chicos
desde afuera lo tiran de sus muñecas hasta que la cola pasa sin hacer ruido.
Permanecen unos sentados en el cordón de la vereda, tirados en el piso del carrito o
trepados en las ramas bajas del paraíso otros. El petiso dormita parado sacudiendo de
tanto en tanto su cola y su cabeza espantando las cargosas moscas, que se posan
incansablemente en todo su cuerpo.
Cruzan la calle y se sientan en el veredón del Ferrocarril, tiene como cinco cuadras,
empieza y termina en los dos pasos a nivel. El ronroneo lejano de un motor se escucha a la
distancia, es el camión regador de la Municipalidad, sus abanicos de agua, golpean la
polvorienta calle y el olor a tierra mojada los envuelve.
Se acerca, pasa frente a ellos y todos levantan las patas percudidas, para no ser mojados,
y allí se quedan mirando el lento andar del camión que se aleja rumbo al tanque donde
cargará para otra vuelta. El suelo mojado y los pequeños charquitos se resumen
rápidamente, humean por la evaporación bajo el ardiente sol.
Como por arte de magia, aparecen cientos de mariposas amarillas y anaranjadas tapizando
la calle con una movediza alfombra de alegres moñitos. Los salvajes, cortan ramas de
ligustrinas y se lanzan a los ramazos provocando una nube multicolor que sube y baja al
paso de los de los malditos.
Qué hacer con el tiempo que tarda tanto en pasar, uno a uno se levanta buscando la
entrada del caminito, cruzan el alambrado y en fila india se sumergen en el tupido hinojal,
como hormiguitas avanzan por el gastado y serpenteante sendero. Se internan hacia el
interior y volteando con los pies algunos altos hinojos, forman un mullido colchón verde en
el que se echan a atorrar un rato.
La fragancia de estos yuyos embriagan y en la quietud aparecen algunas insectos que liban insaciables sus amarillas florcitas,
también una ágil y saltarina cucurucha va y viene de flor en flor introduciendo su afilado pico. Inútilmente los indígenas tratan de
darle con la onda, la esquiva ave, en rápido viraje aéreo, desaparece veloz.
Caminan otro trecho. A un costado está el tanque de agua, donde llegan las locomotoras para llenar su caldera, algunos paraísos
brindan una fresca sombra y debajo de ellos tres o cuatro crotos hacen gala de sus aptitudes culinarias. Sobre unas piedras un par de
tarros hierven con algún caracú y verduras que han mangado por el pueblo. Están despanzurrando algunas frutas picadas, con un
cuchillo cortan lo feo y preparan su sangría dentro de un tarro lleno de vino tinto, todo el entorno es un festín para las moscas.
Pasan algo alejados, por las dudas, ya que los linyeras se muestran hoscos y poco amistosos. Al tranco llegan a las vías, unos con
paso acompasado caminan sobre los durmientes de quebracho, otros lo hacen haciendo equilibrio sobre los rieles relucientes que
encandilan al reflejar el sol.
En las vías de los galpones cercanos, una vieja máquina hace maniobras. El que engancha y desengancha los vagones es el Hilario
Peralta, cambista que arriesgadamente se mete entre los vagones para levantar los pesados eslabones de cadena con el tren en
movimiento. El ruido del golpeteo de los paragolpes avanza hacia un lado y hacia el otro.
Sentados en el candente riel y en los durmientes, pellizcan de los pequeños matorrales que allí crecen, sus uvitas blancas, alargadas
de gusto agridulce y áspero, calientes son ideales para una copiosa diarrea, pero no importa, no vale la pena dejarlas enfriar y
comerlas en casa.
El humo negro y el silbato lejano les anuncia que se acerca un carguero, bolsiquean sus pantalones y sacan un puñado de tapitas de
cerveza llenas de clorato de potasio, envueltas en pedacitos de papel plateado de cigarrillos, las alinean sobre los rieles, distanciadas
un metro una de otra y corren a esconderse.
De panza en las gramillas esperan pacientes, el resoplido de la negra locomotora los cubre de vapor, aspiran el intenso olor ferroviario
que seguro no olvidarán por el resto de sus vidas. El intermitente estallido de los explosivos caseros de esta guerra infantil, produce la
algarabía del grupo, el maquinista se asoma de la carbonera y acciona una válvula provocando una gran nube de vapor que los cubre
totalmente mientras los amenaza con la mano por la travesura.



El carguero comienza a detenerse, los más intrépidos trepan por las escalerillas y colgados viajan varios metros hasta que el rechinar de
los frenos hacen golpetear los vagones desde la máquina al vagón de cola.
Un montón de trigo y un chimango están preparados para cargar un vagón que viene rodando solo, el maquinista le ha dado un golpe
con la locomotora y con precisión hace que éste se detenga en el lugar exacto. Antes que vengan los peones de la cerealera, la banda
intenta trepar esa montaña hundiéndose hasta la cintura, la lucha es desigual y el deslizamiento de los suaves granos los asusta
cuando los cubren hasta el pecho y le impiden todo movimiento.
Con dificultad escapan de esa situación y rajan, han hecho un desparramo bárbaro y a los muchachos de la cerealera no les gusta
demasiado tener que palear de nuevo el trigo.
Es hora del regreso a casa, cada cual a sus quehaceres domésticos. Cuando anochece, Luis, su hermano y su mamá, se preparan para
visitar un rato a la señora de Cáceres, el Auxiliar Principal que vive al frente, en una clásica casa de construcción inglesa, ubicada en
medio del terreno asignado al lado de la estación.
Como a las diez y media de la noche pasa “El Serrano”, tren rápido que va a Rosario, Don Pablo tiene que ir a bajar las barreras y darle
vía libre. Prepara el farol que tiene un vidrio rojo y uno verde de cada lado, se lo ofrece a Luis y lo invita a que lo acompañe. La mamá le
acomoda la bufanda por que ha refrescado, y orillando los rieles caminan las dos cuadras que dista la casilla del paso a nivel, con una
enorme linterna de cuatro pilas Pablo va alumbrando el caminito, toda una aventura.
Suben las escaleras de madera, la casilla tiene tres pisos, enciende la luz y prepara todo. Una cantidad de palancas en el piso, Don
Pablo tira de tres de ellas con bastante esfuerzo y quedan trabadas en su nueva posición. Luego le pide que lo espere, mientras él
coloca el farol en la barrera que ha bajado, hace una recorrida para inspeccionar los cambios de vías, siempre con un tarro con grasa,
para lubricar los movimientos.
Luis curiosea todo, planillas sobre un pupitre, la oscuridad del pueblo a través de los vidrios, por unas rendijas en el piso de madera trata
de ver qué hay abajo, acaricia las manoplas de las palancas, intenta tirar una, está durísima.
En cierto momento aprieta el crike de una palanca que ha sido movida por Don Pablo y se suelta con estrepitoso ruido, volviendo a su
posición inicial. Asustado se sienta en un rincón sin saber qué hacer.
Al rato Don Cáceres llega corriendo casi sin aliento, sube tropezando las escaleras y entra con cara de pocos amigos, mira y tira
nuevamente la palanca. Qué había pasado? Nada menos que el “El Serrano” hace más de quince minutos que está parado en el medio
del campo pidiendo vía libre.
MOISÉS
El 10 de junio de 1939, en la Maternidad de la Ciudad de Córdoba una madre daba a luz a su primer hijo. Al cabo de unos días ambos dados de alta y regresaron juntos a su modesto hogar, una precaria pieza de conventillo en la calle Rivera Indarte, cerca del Río Suquía.
El niño contaba pocos meses de vida cuando un temporal con torrenciales lluvias, azotó a la ciudad y sus alrededores. El agua prontamente se hizo dueña de las calles y subió peligrosamente, corrió hacia el río provocando una tremenda inundación que fue histórica en la ciudad.
Con placidez el bebé dormía en un cajón de manzanas adornado pobremente, que hacía las veces de humilde moisés. Con turbulencia el agua lo alcanzó, y sin dar tiempo a nada lo arrastró flotando hacia la calle.
La mano de Dios siempre presente cuando es preciso, hizo que en ese momento un viejo carrero pasara por el lugar. Luchando con su noble caballo, contra la corriente y el desparejo empedrado colonial, escuchó el desesperado pedido de auxilio y consiguió recoger aquella carga inesperada salvando la vida del pequeño ser.
Su madre, con el agua al pecho, también logró subir al carro. Desde entonces madre e hijo continuaron juntos por el camino de la vida. La providencia permitió a aquel niño, después de muchos años, pudiera contar esta historia.
La de un Moisés de estas épocas.
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Foto de una fiesta craikense de los
´50s