Rescatar a
Chañares
Fanny Roeschlin de Keller
Cosas y Personajes
Azahares de La Plaza
Es un racimo con aroma de cándidas palomas. Bajo su arco pasa el instante que huye. Huelo aroma de sueños. Sueño el espacio perdido. Bajo a encontrar la bruma. Etérea como espuma invades el espacio total, el que se guarda en los cofres oscuros de la mente. Esfinge que delata su presencia en el cerrado pecho oscuro de los troncos. Sobre mi pecho de oro en este instante bajas convertida en aromas perdidos, relajada la sien en el momento en que detener la marcha, es encontrarte por vericuetos insospechados que vuelven al impacto de tu aroma. He de evocar las noches de reposo cerca de tu sien, sobre tu aroma que corre libre por el aire, como libre fue mi pensamiento para encontrarte. Los azahares de mi niñez se han convertido en gotas, fluidas gotas. Caen hasta el cuenco de mi mano que se abre en esta noche de los recuerdos junto al jardín en sombras donde danzan las hojas cual fantasmas. Los fantasmas de otrora se balancean como jazmines al igual que los jazmines que evoco y aspiro como carne de mi carne. Bajan de mi corazón para que se esparzan aquí, en este lugar donde ya no existen. Donde otra vez me siento a meditar en medio del erial, con esta copa de vino que escancia mis extrañas. Ven y bebe conmigo. Te invito hoy, cuando estoy recolectando los perfumes.
Los costados de Ruta (De cómo una locomotora recuerda a Chañares)
Aun me pienso con esta osamenta de hierro negro, arrasando por el pueblo que por aquella época era una delicia de sol y árboles.
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Yo pasaba como todos los días, por los fondos de su casa. Me detenía a metros de ella para beber el agua que refrescaba mis
entrañas. Entonces yo hesitaba de placer descargando un humo blanco hacia mis costados, como nubes que hubiesen bajado para
cubrirme los flancos. El tanque me esperaba con su agua fresca.
A veces debía cambiar de vías justo frente a su hogar, obedeciendo al señalero que se manejaba con banderas verdes y hojas: hacia
adelante, hacia atrás, otra vez hacia adelante...Pesadamente me desplazaba.
El fogonero se encargaba de mi alimento. Una hulla negra, pastosa, que en otras épocas contempló otros paisajes y vivió otras vidas
con otros seres que no conocieron los trenes.
La chica de las trenzas no se perdía el espectáculo, colgada del tejido que nos separaba. Sólo de noche faltaba a la cita pero sé que la
despertaba mi trote pesado, depredador, haciendo mover los muebles mucho antes que yo llegara. Imperceptiblemente estaban
temblando con un tintineo de plata, sibilino.
Pasaba como un trueno o como un rayo según fuese el destino ser de carga o de pasajeros. Algunas noches se asomaba a mi
espectáculo para verme pasar lleno de gente desconocida que cenaba o dormitaba por la negrura y la soledad de la noche. Cuando
fue adolescente se acercó hasta el andén de la estación para verme detenido alguna vez, a recoger un pasajero. Porque como a
muchos, le fascinaban los seres desconocidos.
Por un instante la vida se coloreaba. Era como un globo azul que se elevaba, se elevaba hacia los sueños. Luego la realidad. Yo me
marchaba despaciosamente rodando mis pesadas piernas en medio de resoplidos de vapor y agua. Luego tomaba ya mi ritmo,
espécimen único que se expandía por la soledad y la noche. Allá quedaban una sonrisa, los suspiros, el hombre ignoto que se bajó
unos instantes y la ilusión que flotaba desde las bocas y ese aire grande que se respiró por un instante.
Luego sólo quedaría la vuelta por el veredón de ladrillos desparejos, esperanzadas en el próximo tren que algún día las llevaría lejos.
Pero no las llevaría a ninguna parte. Yo fui quien tuvo que quedarse desplazada sobre un ramal. Caminé tantas rutas para terminar
hoy en el centro de mi cruz, cubierta de gramillas.
Pero mi caparazón de hierro lo agradece. No hubiera soportado el diesel y su mundo tóxico. Ni tampoco el shock eléctrico para
lanzarme hacia adelante y correr, correr, sin cosechar una amiga. Porque la velocidad no me hubiese dejado ver los costados de mi
ruta. Y no hubiese conocido a Chañares.
Pronto Desaparece
Poseo una melodía especial, instrumento precioso aun no plagiado por los hombres. Crujo como vidrio celestial cuando me cruzan
los rapaces. Sueno grave bajo las ruedas de los carros. Soy silenciosa capa que amortigua el apuro de los automóviles.
Tengo mi propio pulso. A cada uno se lo doy sin que lo adviertan.
No los siento como peso o como carga. Soy como un abdomen ancho que se ofrece a los que pasan. Mi arena es fina con reflejos
de sol en las mañanas. Suave y mullida amortiguadora de golpes.
Por la tarde refresco bajo el agua que riega mis carnes. Me siento transportada y desparramo ese frescor de tierra mojada, madres
de todos los olores.
Y por las noches ennegrezco, me torno oscura pero no torva. Siento frío. Estoy sola. No me gusta la noche. Tan sólo la de los
veranos, cuando la brisa baja a visitarme trayéndome los olores del campo.
Y cuando llueve? Temo desintegrarme. La lluvia es un misterio que me horada, me hace huecos, es decir me lastima. Temo la
pudrición que ha de sobrevenir si la lluvia no se detiene, si sigue hostigándome, pero no. Soy tan porosa que poco a poco filtro hacia
las entrañas el agua bienhechora.
Ya basta, quiero sol. Pero antes ha de sobrevenir el viento para secarme. El me quita parte de mi superficie. No me lleves! Por qué
juegas con ella? Y allá van los remolinos saltando y repiquetenado por los charcos. Pronto ha de secarme. Mientras tanto esta noche
tendré música de ranas vocingleras hasta el amanecer.
Luego sólo quedarán costrones de barro, heridas duras que nos hacen el agua y la tierra. Con ellos se divertirán los niños
tirándoselos salvajemente. Y así curarán mis heridas. Volveré a ser lisa y pareja: señora del día y de la tarde, misterio de la noche,
patria de un día de los sapos, implorante ser ante el viento, soledad imperiosa de la lluvia.
Y más allá de todo eso, un trozo de la madre tierra que se complace en ver el sol, el agua, la noche, los días y el cielo, el magnífico
cielo del verano, el brillante cielo del invierno.
Me enorgullece ser mudo testigo de los seres que vienen alados desde el firmamento, navegando entre luces rojas y verdes. Yo los
ví, yo los he visto. Ellos me han guiñado desde sus escafandras por que saben que soy cómplice de los misterios que no me atrevo a
develar.
Mi voz de silencio no alcanza para llegar hasta los hombres, los que sólo creen en lo que ven y tocan. En mí sí, mas no en mi palabra
de arena.
La Chona
-Venga nena, ya le tengo listo el mate cocido! La Chona colocaba la tazona sobre una tabla que hacía las veces de mesa debajo de la
enorme ventana con persianas de hierro. Desde afuera, desde la galería, llegaba el olor a glicinas que se colgaban retorcidas a lo largo
del corredor. En invierno sólo se veían sus troncos terrosos caracoleando como sin esperanzas de una columna a otra. Digo sin
esperanzas, pero ellas aguardaban silenciosas el rebrote del sol intenso y el aire tibio.
La Chona era hermana de la señorita Directora, Doña celia. Ella se veía baja de estatura, más bien gruesa, con el vestido tan largo y
los zapatos tan bajos. Le aparecía una sonrisa amplia y la voz se le cascaba por la garganta. No era hermosa. No había obligación de
serlo para impartir enseñanza. No sé de donde vino. Jamás lo pregunté ni me importó en ese tiempo. Ahora, recordando todo
aquello, me lo pregunto.
A través de mis borrosos cinco años, sólo me acuerdo fuertemente de la Chona. La que me suministraba el mate cocido a las cuatro
de la tarde.
Ella sí tenía voz chillona, no cascada como Celia. Usaba el ropaje largo y se parecía a una pantalla de velador, abanicándose sobre
sus pies cansados.
Muy arrugada, tal vez mayor que Celia, usaba la clásica cinta negra atada a su cuello como a principios de siglo, y el pelo metido en
una red oscura. A veces la encontré con rodajas de papas sobre sus sienes. Yo entonces le preguntaba qué era eso y ella contestaba
con paciencia:
-Es para el dolor de cabeza, nena-
Siempre fue gentil y alegre (¿Estaría alegre?) Tal vez feliz y satisfecha de ser útil acompañando a su hermana, atendiendo a la casa,
preparando la comida.
A mí no me gustó nunca su mate cocido porque ella le dejaba nata. Una nata gruesa que denotaba leche de campo, como ahora no la
hay. Todo era auténtico. Hasta ella en ese gesto generoso de servirme el tazón de la merienda.
La cuestión estaba en que a mí no me gustaba el mate cocido ¿Y cómo hacer para no tomar esa nata asquerosa que me revolvía el
estómago? Tampoco quería desairarla. Se me ha olvidaba en el tiempo como huí de allí, pero lo cierto es que yo no lo tomé.
Y hoy, cuando me encuentro ante una taza de mate cocido, indefectiblemente me acuerdo de la Chona por lo que ella representa de
un tiempo perdido donde una mano tendida, un mate, era como una forma de darse, de dar el corazón a los que nos rodeaban.
Hoy tampoco existe la glicina. Tampoco su perfume por el aire, ni la Chona. Por eso añoro ese corazón puesta en la mano como un
acto de amor entre las gentes. Por que toda ella era una humanidad hecha glicina, taza de leche y rodajas de papas en la frente. Al
amor y al dolor lo vivía así, como un simple suceder por donde se le desgranaba la vida.
Don Marcos
Los recuerdos vienen desde aquella vez que él, junto a otro vecino, tocaban el violín. Así alegraban sus noches junto a sus esposas.
El vivía en una casa rosada y estaba en una esquina. Una casa grande, con patio central donde crecían los laureles en un extraño e
inmenso macetón. Justo al frente, se veía el veredón del ferrocarril con frondosos arboles. En la esquina funcionaba su farmacia.
Lo que más recuerdo es esa cabezota con expresión mezcla de dolor y alivio, con muchos alfileres pegados en el rostro, en la sien, y
que nos guiñaba el ojo desde la vitrina. Me impactaba tambien la serpiente que se enroscaba en una copia, pintada sobre los vidrios
de la puerta.
En su local había sólidos muebles de madera de roble con los clásicos frascos de vidrio de tapa esmerilada. Los había de todos los
tamaños y era como entrar en un santuario.
Don Marcos tomaba la receta y se retiraba a la trastienda a prepara la medicina, o la toma, o el purgante. Porque una grupa se
curaba con los sellos de Don Marcos. La tos necesitaba de esa agua de creosota que él sabía preparar. Y todo seguía así. Diadermina
para las manos, óleo calcareo para el quemado, aceite de hígado de bacalao para el desnutrido.
Detras de la farmacia había un mundo de potes, sellos, cremas, pócimas y pastillas que él preparaba. Todo allí era un mundo
fascinante y desconocido y él era un hacedor de alivios para tantos dolores.
Una vez lo nombraron intendente, lo que significaba considerarlo leal y fiel. Entonces hubo ángeles para el cementerio, juegos
artificiales en la plaza, alumbrado para sus calles, bulevares adornando los paseos. Todo surgía mágicamente.
Lo embelleció a Chañares y Chañares se embelleció con él.
Con el paso de los años, pocos se recuerdan de su andar pausado, de su lengua italica. Ya no están los juegos. También desapareció
su primitiva red de iluminación. Pero aun los angeles velan el sueño de los muertos.
Rescato su figura, la bebida que alivio, el sello que descongestionaba.
Rescato al ser que desafió y venció a la muerte. Porque ahora él es carne de Chañares. La suma de muchos anónimos seres. El es,
como un impulso vivo que se enrosca en las cosas.
Venancio
Llegaba por las tardes, para la ronda diaria a sus enfermos. Su vientre pasaba primero por la puerta. Se sentaba como podía en las
sillas siempre pequeñas para su cuerpo y respiraba no sé si fuerte, entrecortadamente, o ambas cosas a la vez. Le gustaba
sobremanera la política y de ella hablaba un buen rato mientras fumaba incansablemente.
Era ¨El Doctor¨: Pase Usted! Sientese por favor! Póngase cómodo! Una especie de rito, de religión , de insospechado respeto que se
gana, no se impone.
Y allí en el auto, paciente, quedaba su esposa, compañera de la ronda de las tardes.
A veces le tocó adormilarse vigilando la agonía de un paciente. El no se movía, asistía al enfermo, a la familia, con la presencia, ese
alado duende que descansa al doliente. No médico por horas. Médico al instante.
Yo lo veo pasar aun hoy. Veo su redonda barriga precediéndolo. Lo veo bajar en mi recuerdo cuando tomo un telefono y llamo,
llamo por un médico y por otro, todos ocupados trabajando en consultorios con riguroso horario.
Entonces vuelve él, esa presencia confortadora: el hombre que vigila la salud del otro ser y a todo el ser.
Hoy se nos ha perdido la mano tendida, el gesto de confianza, la afliccion compartida y rezo: volver al sentimiento de pan, puesto
aquí sobre la mano para ofrecer, si no entero, al menos en una velada recordación, lo que fuimos.
Venancio, desde mi infancia te rescato como esas esencias que se esparcen mansamente.
Algo de realidad mucho de fantasia (Cuentos)
De como Chañares cobijaba tambien Las Fantasias
Para Felicitas habiá llegado la hora. Miro el reloj de pared con numeros romanos y corrió a la esquina. se sento en el cordon de
ladrillos que bordeaba la vereda y alli espero.
Justo a las cinco, la figura alta y fina comenzó a recorrer en diagonal la plaza del pueblo como siempre. Llevaba sus bombachas
batarazas, las botas negras y la melena larga bajo el sombrero aludo.
Felicitas lo seguía como hipnotizada. Pronto se le perdería de vista . Donde iría ? ella pensaba que justo después de cruzar entre los
dos arbustos de azahares de la plaza y detras de la mole de la iglesia, a él, le habrían crecido alas y se habría remontado a vivir entre
aquellas nubes panzonas semirrosadas que almidonaban el cielo del oeste.
O que tal vez la gruesa palmera de la esquina opuesta y que ella no veía ahora, abría su vientre para que el hombre de la melena se
cobijase en ella. Todo cabiá en la cabeza de Felicitas. Alli se quedaba un buen rato fabulando con su hombre mágico en la soledad de
la tarde sin brisas. Raro en Chañares. Pero tambien tenia dias apacibles y en todas las estaciones. Con ese cielo tan brillante y tan
azul, el que añoraba aquella tía de Suiza.
-Rosaura! Este cielo tan azul y tan brillante no lo tiene Berna!- le dice a mi madre.
Que será berna ?-le pregunto yo . Habra allí hombres magicos con melena? ¿Les nacerán alas? Yo no se, pero no me importa Berna.
Si no fuera por Don Zinny que pasa con su auto y me mata los perros y me hace sufrir, Chañares es todo hermoso.
Pasaron los carros lecheros con su carga estrepitosa de tachos que chocaban entre si, dando sones de clarines para alegrar la tarde.
-Hoy le han dedicado la cancion al hombre misterioso-pensó la chiquilla:
Hombre de la melena
que pasas por la tarde
cuando yo sea grande
repasaré tu historia
Tarareó la niña porque también le gustaba inventar canciones.
-Felicitas.
-Sí, mamá.
-Esta tarde saldremos de visita.
La niña estuvo apurada por comer. Quería que pasase con urgencia la siesta que su madre dormia religiosamente, mientras en la
cocina de leña se hacía despacio la torta para el mate. Después saldrian. Irían mas de la casa de Don Milano. A Felicitas, en sus
cortos años, le intrigaba mucho. Había tantos baldíos, casitas humildes, gente que salía a la puerta para conversar una palabra con
mama.
-Aquí es-dijo Rosaura.
Una jauria de perros grises y negros se avalanzó sobre el alambrado con madreselvas. Los más largos, apoyaban sus patas nerviosas
sobre el tejido. Ladraban mirando hacia arriba, con las lenguas hacia afuera, mostrando los colmillos puntiagudos.
En eso apareció el. Se agachó para tirar cascotes a los perros que salieron aullando a tirarse despatarrados contra el gallinero.
Algunos se hacían los rengos.
-Tambien son mentirosos- observó con humor Felicitas.
-Cómo le va Doña Rosaurita ! Adelante! Adelante! Dichosos los ojos !- exclamo el hombre de la melena.
Allí pudo Felicitas completar su retrato. Tenía sobre la cintura una faja de cuero con medallas brillantes. Camisa gris, corralera negra
y ademas de la melena, unos bigotazos negros que caian hacia abajo.
Felicitas estaba petrificada: Allí estaba El...¿Se habria´caído del cielo ?...Y mi madre lo viene a visitar...
-Pase Doñita, pase Usted! Que alegria !-y se acomodaron bajo el enrejado de parra sobre las sillas duras, a conversar.
Felicitas no entendía nada. Estaba confundida, porque también el hombre de la melena tenia espósa, viviia rodeado de perros y tenia
un nombre. Mama lo llamo Santillan...y con él y su esposa ahora esta tomando mate ¿Que sabrá mi mama del hombre magico?
No...Ella no conoce esta historia. Se reiran de mí. Los hombres sólo viven en la tierra. Tienen una casa, trabajan en el campo, o en
su quinta...en la Casa Quaranta...o en otro negocio...o arreglan zapatos, o hacen ventanas y puertas, levantan casas, hacen
maniobras con el tren ...o cargan bolsas de trigo...o...Allí se acabó el repertorio de Felicitas.
Con el atardecer volvieron. Habia pásado el carro regador y la calle despedía ese particular olor a tierra mojada. Perfume de la aldea,
la niña iba colgada del brazo de su madre. No se animaba a preguntar. Todavia estaba aturdida. Por ahi dijo:
-Mamña ¿Por qué ese hombre (no se atrevía a llamarlo Don Snatillán ) ? usa melena y ese traje tan raro?
-Porque el ama la tradicion. No se resigna a que las cosas cambian.
-¿Por qué cambian?
-Porque el tiempo da´vueltas.
La tradición dijo mama ¿Que sera eso?¿Será un pueblo? Ah ! Si...Un pueblo lejano "Si ! El que esta detras de las nubes. Desde alli
viene Don Santillan como un hombre mágico para recordarselo a las gentes. A recordar lo mucho que habiá perdido. Si mama dice
que es asi...Para entonces ya Felicitas volvio a estar contenta. El hombre de la melena tenia su propio pueblo al que volviá
colocándose alas. Iría mañana otra vez a la esquina, a las cinco.
Así lo hariá todos los dias hasta que empezase a comprender cuan breve breves son los dias.
Tan breves, que a veces no dejan asomar las fantasías.
Algo, desde lo profundo- A Marcelo Gómez
Me he muerto hace muchos años. Me enterraron aquí, en lo que llaman el bajo. Soy ya como el canto negro de los sapos en las
noches serenas. Soy ya como muchos avatares de la vida. Solo eso: un canto negro, profundo que viene desde abajo, socavando los
misterios.
¿Que como estoy aqui? Recuerdo que el patron abrio un hoyo grande como para que estuviera comodo y cavò más hondo como
para que no escapara. Pero yo habia hecho un pacto con mi amigo Marcelo. Por que él era mi amigo ¿Sabe? Me dejaba andar a su
lado mientras el silbaba con un silbido largo, que le salía de adentro. Ibamos siempre asi: yo y él.
Marcelo se murió. Se murió para los hombres, se entiende. Para mi no. Yo lo seguia paseando por todos los rincones que nos eran
gratos, por lo que el patron dijo que a mi me había dado la encefalitis... Los muertos saben lo que piensan los vivos. Fue cuando me
llevo al bajo. Me acaricio largo el patron ese dia. Tenía los ojos enrojecidos y el aliento le delataba muchas cañas. Su mano,
temblando como las hojas que no se resuelven a caer, dio un ultimo tiron a mi vida.
Cuando quiso apresar la sangre, esta huyo espesa por entre sus dedos.
Yo empezaba a huir de el. Pero de Marcelo no. Desde ese dia me fue mas facil acercarme a el: El habia anclado en mi, yo en el.
Cuando por fin pude hablar su idioma, me fue factible contarle lo de Maleine (Dos trenzas rubias y una enorme tristeza por los ojos)
Aun resonaba cual clarin ,´su vocecita:
-Marcelo, llévame a ver el mundo desde la grupa azul de tu caballo! Quiero aspirar mejor el olor de la tarde.
Desde las ancas blancas, oíase el eterno murmullo del mundo. Los dos se olvidaban de mi para contemplarse extasiados,
susurrandose la vida por los ojos.
Pero a Marcelo se le ocurrio morirse. Fue a causa de una bota mal curtida y tenía veinte años. Tres veces hubo que esperar a que la
noche fugara antes de recoger su cuerpo desde la oscuridad maloliente del vagon. Cuando lo bajaron, las maderas se partian en dos.
Olia como los diablos. Aun tengo el hedor de la muerte aquí.
Maleine no entendia nada: de eso, de morir. yo quise explicarle muchas veces que Madeleine se asustaba... A mi no podia
entenderme. Es que ella aun no comprendia su tiempo: ese, donde nadie muere. Entonces empezó a conocer el miedo. Le recorria la
espalda y le hacia correr adentro cada vez que me veia aparecer. Maleine no nombro nunca mas a Marcélo ni a un objeto, ni a un
arbol. Echó todo dentro de si como una avara y siguio viviendo, pero perdida su voz en infinitos recovecos.
Fue una tarde. Volvia cabizbaja, encandilada, sorda, ante el correr de la vida que la apretaba a cada paso, ya fuera contra la pared o
empujandola hacia la calle en su transitar por las aceras calientes.
Se encendian las luces. Un calor sofocante como de infierno le rebotó en la cara. Justo en la esquina perdio pie. Y fue el apoyo de
una mano cetrina quien impidio´con su decision , que dos luces potentes la tragaran.Por primera vez, luego de mucho tiempo sorbió
dos ojos negros de mirar confiado. El trueno agazapado entre los dientes de potencia joven pudieron mucho mas que su coraza
construida tras los ojos cerrados de Marcelo.
Se fue sonriendo mientras desaparecían las calles bajo sus pasos. La alejo una decision precisa, como la del que sabe adonde va á ir
por ese puerto. Su urgencia abrio violentamente la puerta de la casa. Algo la empujo hasta alli en un soló impulso. Alli donde
solamente podia encontrarse con Marcelo: tras el marco. Aca´estaba. Silenciado, solo, con una eterna sonrisa de hoja seca, plasmado
en un minuto...¿Desde cuando? Volvio a sentir en el torrente, en cada vena, sobre la piel, aquella otra mirada viva, quemante,
solapada. Un puñado de promesas. Otra vez un cuerpo joven, un porte recio. Y por primera y ultima vez musito con una vóz venida
desde el tiempo: ¿Marcelo?
Yo que la contemplaba ansioso desde la ventana, supe que la habiamos perdido. Y me fui al trotecito corto hacia el bajo a dormir otra
vez, pensando que a pesar de todo, al hombre le toca vivir para justificarse.
Ya ya estaba fuera de todo tiempo. Y ademas no era un hombre.
De como los fantasmas despojaron a María (A Maria L.)
La miro de reojo con sus ojos chatos. A la Pancha se le antojo parecida a ese muñeco de paño lenci que yaciá despanzarrado en un
rincon de su casa. Mientras se metía disciplente el dedo en la nariz, la seguia observando. La cascada fina y lustrosa del pelo se le
venia encima como un reto y el peine se acompasaba un tiempo largo sobre el casco hasta la punta de las crenchas que se ondulaban
en una marejada espesa. La fatiga de la mano imponia ese ritmo esteril al trabajo del peine. La fatiga le venia de lejos. Desde siempre.
-Quiju! Decile a tu madre que no sea piiya...y que venga a verme. La pancha la miraba absorta por entre la voragine de imagenes que
se le ocurrian cada vez que la veía. Lo que mas le gustaba era el Quiju! de la risa. Una bocada de fes con ¨u¨ arremolinandose por el
aire sereno, pesado, de la tarde.
-¿Por que no va usted para alla?- se le ocurrio decir a la niña mientras el moño se ladeaba navegando indeciso por su cabeza.
-¿Y el tiempo Pancha? Entre el Julian y la perra... Que tiempo tengo! La pancha se reia para adentro. Entre el Julian y la perra! Vaya
el trabajo!
Pero a María se le iban las horas cuidando a la perra y ciudando al Julian.En cuantito se desperezaba el sol tras los galpones, la Maria
arrastraba su andar cansado para la tina. Restregaba la ropa pulgar contra pulgar, centimetro a centímetro, adormeciéndosele el día
en la friega de trapo y trapo que luego extendia´sobre los yuyos al sol, despues venia la golpeada contra la tina. Y el Julian salia
reluciente en las camisas, los pantalones blancos, a fabricar casas dando envidia a las otras comadres que querian descubrir el
secreto de la Maria.
Despues a ella le tocaba la tarea de barrer toda la casa. Con su parsimonia blandia la escoba que le fabrico el Julian con unos yuyos.
El Julian! Mas bien callado el Julian. La María tambien...con la ropa no podia hablar.Con su larga caballera tampoco...Y en esas dos
tareas se le iba la mañana. La perra le miraba languida hasta que ella se resolvia a darle un hueso.
Despues venia la hora de pucherear y mas tarde la hora de hacer la infusion. Desde afuera, desde la vereda de tierra, se percibía el
olorcillo de la bebida. Por la entrada larga de la casa serpenteaba la manzanilla.
-Para el te´del Julian, chei.
Olor de manzanilla, un olor entre dulzon y acre. Un olor amarillo, un olor a infancia...a recuerdo perdido. A algo que ya no existe. El
olor con que se recuerda a Julian y a Maria y a la perra!
Solo que yo vaya esta noche a verla a tu madre- continuaba en su entrevero de pensamiento la Maria.
-Mire Doña Maria que sale el fantasma
-Que!
-Si sale todas las noches! Por la plaza.!
Te via dar fantasmas!
Y la Maria vino ese atardecer. La Maria a traves de su infancia, la veia fantasmal y enorme cruzando los alambrados del potrero que
marcaba la plaza. El pelo, como un ala al viento. Un ala de cuervo que se acompasaba al ritmo tardo de los pies. El baton claro.
Siempre impecable gracias a sus dedos. Y en la mano cetrina, mano de obrar y de paciencia, el farol para la vuelta (No sea que la
chica tenga razon).
-Como ! ¿Sola María?-Era la clarinada de la madre desde el zaguan ya oscuro.
-Y ...el Julian no podia venir y me largue sola ! Total!Quiju! Quien va a comerme por cruzar una plaza!
-Por ahi dicen que algun picaro.